Cada año, a finales de octubre y principios de noviembre, las familias mexicanas colocan ofrendas para recordar a sus seres queridos, incluidos sus animales de compañía, en el marco del Día de Muertos (2 de noviembre). Esta tradición tiene raíces que se remontan a las culturas mesoamericanas, donde los festejos iniciaban desde agosto.
Actualmente, el significado de muchos elementos de la ofrenda se ha perdido pero en el Valle de Toluca aún hay familias que honran a sus difuntos a través de los cuatro elementos: agua, aire, fuego y tierra, explicó Mauricio Garcés Sandoval, profesor de tiempo completo de la Facultad de Antropología de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMex).
Entre los elementos más representativos destacan el agua, la sal, el incienso y las veladoras, asociados con los cuatro elementos. Otros complementos esenciales son las verduras de temporada, como los chayotes, que se creía ahuyentaban a los malos espíritus. La sal purifica las ánimas y el agua ayuda a los espíritus en su camino.
Las flores, como el cempasúchil, la flor de nube y la de terciopelo, guían a los difuntos con su aroma. “El cempasúchil cobra amplia importancia porque se cree que con su aroma los muertos pueden encontrar su camino a casa”, señaló Garcés.
Las veladoras iluminan el retorno de las almas, mientras que frutas y comida simbolizan la muerte misma. Por ejemplo, el tamal representa a la persona fallecida, mientras que su envoltura simboliza la presencia del difunto en la ofrenda.
Los altares pueden tener de 4 a 7 peldaños, e incluso 13. En los de 4 peldaños se representan la tierra (frutos), el agua (bebidas), el fuego (alimentos cocinados) y los retratos de los difuntos. Los altares de 7 peldaños aluden a las siete virtudes, y los de 13 representan los 13 inframundos del Mictlán, según la mitología mexica.
El fuego también se refleja en alimentos cocinados, como mole o arroz, mientras que las flores representan el aire. Con el tiempo, las ofrendas han incorporado influencias religiosas y cambios en los rituales, generando una tradición que atrae a millones de visitantes.
En la actualidad, algunas ofrendas se adaptan a la causa de muerte de la persona, aunque originalmente la conmemoración comenzaba en agosto y se extendía hasta noviembre. “En Mesoamérica, la muerte estaba presente durante semanas de festejo. Incluso ahora, durante la Candelaria, se mantiene la tradición de comer tamales y beber atole, simbolizando la muerte y la vida”, explicó Garcés.
El retorno a las raíces culturales ha llevado a incluir animales en las ofrendas. “Animales como el Xoloitzcuintle, el colibrí y la mariposa monarca estaban vinculados con la muerte. Incluirlos ahora en los altares refleja un reconocimiento cultural y afectivo hacia los animales, no solo en vida, sino también en su muerte”, destacó Garcés.
El antropólogo concluyó que la muerte sigue siendo un elemento presente en la sociedad, reflejado en la inseguridad, el narcotráfico y la desaparición de personas, y que la tradición de los altares mantiene vivo el vínculo entre los vivos y los que ya no están.

