domingo, marzo 8, 2026
InicioEstado de MéxicoDaniel Plácido carga con la marca de pasar 8 años preso injustamente

Daniel Plácido carga con la marca de pasar 8 años preso injustamente

Daniel Plácido lleva un año fuera del penal, pero aún no logra recuperar la vida que tenía antes de ser acusado sin pruebas, torturado y sentenciado por un delito que no cometió.

Estuvo ocho años y medio en prisión, pero el encierro no terminó con la puerta que se abrió la noche del 2 de mayo de 2024. A pesar de que el Poder Judicial del Estado de México reconoció su inocencia y limpió su expediente, las secuelas del encierro, la violencia y la pérdida siguen presentes.

Su caso forma parte de los 23 que acompaña el colectivo Haz Valer Mi Libertad, pero es uno de los pocos que ha logrado revertir la condena mediante la revisión judicial del expediente.

No fue beneficiado por una amnistía, sino por la constatación de que nunca existieron pruebas en su contra.

Aun así, pasó más de ocho años en penales de alta seguridad, separado de sus hijos, de su madre, de su trabajo y de su identidad.

Daniel fue detenido el 5 de noviembre de 2015, mientras atendía su negocio en Toluca. Recuerda que eran alrededor de las tres de la tarde cuando llegaron tres vehículos sin placas. Bajaron hombres armados, vestidos de negro y con el rostro cubierto. Lo llamaron por su nombre y lo encañonaron.

Nunca le mostraron una orden de aprehensión. Solo lo sometieron y lo subieron a una camioneta.

En el trayecto comenzaron los golpes; Daniel recuerda que le hablaban de un secuestro, le exigían que se declarara culpable y le aseguraban que, si cooperaba, las cosas serían más fáciles. Él no sabía de qué le hablaban.

A pesar de las amenazas, se negó a aceptar cargos falsos, pero denuncia que la violencia aumentó. Fue trasladado a un cuarto cerrado, donde lo tiraron al piso y lo torturaron durante horas.

Relató que le estiraron los brazos hasta que sintió que se le desprendían los hombros. Le colgaban peso del cuello, lo golpeaban, lo empujaban a una confesión que no llegó.

Después intentaron grabar una declaración, dijo, por lo que lo sentaron en un banco y le indicaron lo que debía decir. Como no aceptó, lo golpearon otra vez.

Días después fue ingresado al penal de Almoloya, donde fue desnudado y golpeado por custodios. Aunque un médico legista documentó las lesiones, no se abrió ninguna investigación.

Durante los años que pasó en prisión, Daniel fue trasladado al penal federal de Nayarit, donde nuevamente fue torturado. Esta vez, además de la violencia física, enfrentó el aislamiento.

Su familia apenas podía visitarlo y la comunicación era casi nula. Su madre y su hermana iniciaron entonces una lucha pública.

Se raparon, hicieron huelga de hambre, pintaron consignas con su propia sangre y encabezaron un plantón frente a Palacio de Gobierno. Lo sostuvieron once meses sin interrupción. Así nació la Revolución de los Nadie.

Desde prisión, Daniel intentó mantenerse al margen de los conflictos, por lo que aprendió a sobrevivir entre internos, custodios y reglas no escritas.

Le robaron su ropa, lo recibieron con burlas, pero eligió no responder. Veía en las noticias el rostro de su madre. Escuchaba su voz. Supo que ella estaba dispuesta a morir por él si era necesario y eso lo sostuvo. Dice que no fue su fuerza, sino Dios, lo que lo mantuvo vivo.

La libertad llegó cuando una revisión judicial ordenó su liberación y su expediente fue limpiado. Se reconoció que la acusación estaba sustentada únicamente en un señalamiento parcial de la víctima, sin más pruebas.

Sin embargo, haber salido libre no significa que su vida haya vuelto a ser la misma. Al contrario, se enfrenta ahora a las consecuencias de la fabricación de culpables.

Perdió a su esposa, tiempo con sus hijos, los años más productivos de su vida. Hoy vive con su padre y trabaja junto a él en una herrería. Intenta restablecer los lazos rotos, poco a poco.

Dice que no es fácil, que el dolor no desaparece y que empezar de cero es más difícil cuando se arrastra una historia de tortura, encierro y despojo.

A lo largo de la entrevista, Daniel repite una frase que leyó en prisión: ‘La luz brilla en medio de la oscuridad’.

Dice que se aferró a esa idea cuando todo parecía perdido. Aunque su libertad fue un triunfo, sabe que hay muchas personas que siguen presas por delitos que no cometieron.

Por eso ha decidido acompañar otras causas. Su caso fue el primero en resolverse tras el plantón que mantuvo el colectivo frente a Palacio de Gobierno, pero insiste en que no será el último.

La lista de nombres sigue creciendo. Entre ellos están Carlos Estrada, Jorge Juárez, Gilberto Gómez, Martha Rebollo y Kenia Hernández. Para Daniel, no basta con salir. Se necesita limpiar el nombre, reparar el daño y evitar que la fabricación de culpables se mantenga como práctica judicial.

Aunque Daniel recobró la libertad hace un año, su vida aún no se repara. Declaró que intenta disfrutar el presente, que valora cada paso, cada conversación con sus hijos, cada momento en familia.

Aun así, no olvida que durante más de ocho años fue tratado como un criminal, torturado por negarse a mentir y sentenciado sin pruebas.

‘Volví a nacer’, dijo al salir del penal. Hoy, un año después, sostiene esa frase, pero con matices. Porque la libertad, aunque necesaria, no le devolvió lo que le arrebataron.

Para el hombre que estuvo injustamente preso, la vida con cicatrices es lo que enfrenta todos los días. Y aunque no se ve a sí mismo como una víctima, sabe que su historia es el resultado de un sistema que castiga antes de investigar, que encarcela con dichos, y que aún debe rendir cuentas por las vidas que rompió.

RELACIONADOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Advertisment -

RELEVANTES