Abrir el refrigerador después de las fiestas decembrinas puede ser una experiencia cercana al terror. Siempre ves charolas medio intactas, ensaladas marchitas, panes duros y guarniciones que nadie recuerda haber pedido. Lo que parecía abundancia y celebración termina convertido en bolsas de basura… y en billetes invisibles que se fueron directo al bote. Desperdiciar comida no solo es un mal hábito, es una fuga constante de dinero y un problema ambiental de proporciones gigantescas.
Así lo advierte Luis Fernando González Martínez, investigador de la Coordinación Universitaria para la Sustentabilidad de la UNAM y profesor de la Facultad de Economía, quien lo resume: tirar alimentos es prácticamente lo mismo que arrojar dinero a la basura. En México, esa costumbre sale más cara de lo que imaginamos.
Durante las fiestas de fin de año, explicó el economista, el gasto en alimentos se dispara. No porque comamos el doble, sino porque compramos sin planeación. En los hogares con menores ingresos, cerca de 50% del gasto total se destina normalmente a la comida, pero en temporada navideña esa proporción sube hasta 65%. El resultado, alrededor de mil pesos en alimentos que terminan desperdiciados.
En los hogares con mayores ingresos de la Ciudad de México, el fenómeno es similar, aunque con cifras más elevadas. El gasto en comida pasa de 28 a 36 % durante diciembre, lo que equivale a tirar entre tres mil y tres mil 500 pesos en productos que no se consumen. Sobró pavo, sobró ensalada, sobró dinero.
González Martínez hace una distinción clave que suele pasar desapercibida. Se habla de pérdida de alimentos desde la cosecha hasta que los productos llegan a los anaqueles de las tiendas. En cambio, el desperdicio ocurre a partir de los almacenes y, sobre todo, en nuestros hogares. Es decir, cuando la comida ya fue comprada y pagada.
Ahí es donde el consumidor juega un papel decisivo. De acuerdo con datos del Banco Mundial, publicados en el documento “Pérdidas y Desperdicios de Alimentos en México”, el país desaprovecha cada año porcentajes alarmantes de productos básicos: 28.7 % de las tortillas, 43.1 % del pan blanco, 35.4 % de la carne de res, 37.2 % del arroz, 38.7 % del pescado, 48.7 % del camarón, 43.1 % de la leche y 40.2 % de la carne de puerco. En pocas palabras, casi la mitad de algunos alimentos termina donde no debería.
A nivel mundial, cerca de 30 % de los alimentos producidos se desperdicia, señaló el investigador. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que 14 % de los comestibles —con un valor de 400 mil millones de dólares— se pierde entre la cosecha y la distribución, mientras que otro 17 % se desperdicia en la etapa de venta y consumo final.
El impacto no es solo económico. Si todo ese desperdicio alimentario se concentrara en un solo territorio, sería del tamaño de un país y ocuparía el tercer lugar como emisor de gases de efecto invernadero. Se calcula que la pérdida y el desperdicio de alimentos generan alrededor de 10 % de esos gases a nivel global.
Cuando la comida se descompone en los tiraderos, produce metano, un gas mucho más contaminante que el dióxido de carbono (CO₂). Estas emisiones contribuyen directamente al calentamiento global y a sus consecuencias: sequías prolongadas, lluvias intensas, olas de frío o calor extremo y otros eventos climáticos cada vez más frecuentes.
México figura entre los países que más comida desaprovechan. La paradoja es evidente, al mismo tiempo que se desperdician toneladas de alimentos, el país cuenta con el segundo banco de alimentos más grande del mundo. “De ese tamaño es esta práctica”, subrayó González Martínez.
De acuerdo con datos del Banco Mundial, el desperdicio alimentario en México genera cada año alrededor de 36 millones de toneladas de CO₂, una cantidad similar a las emisiones de casi 16 millones de automóviles. Visto de otra manera, cada minuto se llenarían cuatro tráileres de basura únicamente con comida.
Incluso estudios recientes lo confirman desde el ámbito cotidiano. Una encuesta de la startup Cheaf reveló que durante las celebraciones de fin de año los alimentos que más se tiran son los panes —bolillos y baguettes— con cerca de 47 %, seguidos por las guarniciones como pastas, ensaladas, arroz o purés, con alrededor de 45 % de menciones.
La solución no requiere fórmulas mágicas, sino hábitos más conscientes. El primer paso, enfatizó González Martínez, es planear mejor las compras. Definir cuántas personas comerán y ajustar las porciones a esa realidad. Esto no solo reduce el gasto, también es una apuesta por la sustentabilidad a largo plazo.
A ello se suma la llamada economía circular, que implica reutilizar lo más posible, al aprovechar sobrantes para nuevas preparaciones, almacenar correctamente los alimentos para alargar su vida útil, comprar frutas y verduras de temporada y separar los residuos orgánicos para hacer composta en casa.
Otra acción clave es optar por productos locales. Además de reducir costos, esta decisión beneficia a pequeños productores, disminuye las pérdidas asociadas al transporte y reduce la huella ambiental generada por intermediarios y largas cadenas de distribución.

