Durante las tradiciones decembrinas en México, las colaciones fueron por décadas uno de los íconos por excelencia de las posadas.
Tras romper la piñata o después de rezar el rosario, los niños y algunos adultos recibían una bolsita de dulces conocida como aguinaldo o bolo, donde no podían faltar estos pequeños caramelos de azúcar con centro de cacahuate o almendra, acompañados de frutas de temporada.
Más que un simple obsequio, eran parte de un ritual comunitario que marcaba el cierre festivo de la noche y reforzaba el sentido de compartir.
La tradición de dar bolsas de dulces en las posadas tiene raíces históricas y un fuerte simbolismo religioso. Llegó con los colonizadores españoles para conmemorar el peregrinaje de María y José antes del nacimiento de Jesús.
Los obsequios de comida y dulces simbolizaban la gracia divina, las bendiciones recibidas y la abundancia, además de fomentar la unión y la generosidad comunitaria.
Dentro de esos aguinaldos, la colación ocupó un lugar central junto con cacahuates, naranjas, caña de azúcar, mandarinas y jícamas: productos accesibles y festivos desde la época colonial.
Hoy, sin embargo, su presencia es cada vez más escasa. Durante un recorrido por el Mercado de Jamaica, el equipo de Aderezo platicó con algunos comerciantes que coinciden en que la escasez no tiene que ver con el precio, sino con un cambio generacional en el consumo.
“Ya casi no lo piden”, dice César Reyes, de Dulcería Sofía. “Lo que pasa es que ahorita las nuevas generaciones ya piden otros dulces, piden más etiquetas, más marcas. La gente mayor es la que antes comía esto y son los que todavía lo buscan”.
Las colaciones que aún se comercializan provienen, principalmente, de la fábrica de dulces La Giralda, ubicada en la zona de La Viga (G6), en la Ciudad de México, una de las pocas que mantiene viva esta producción tradicional.
En Dulcería Sofía, la colación se vende en 40 pesos el cuarto. “El kilo te sale en 150 pesos. Ya si llevas dos o tres kilos, te vamos bajando un 10%”, explica Reyes.
En otros locales del mercado, como en el de Daniela Reyes, los precios se mantienen similares. “Yo la tengo en 20 pesos los 100 gramos, sale a 50 el cuarto”, señala otra comerciante, quien aclara que “realmente el precio se ha mantenido; no es que esté más caro que otros años”.
El problema, coinciden, es conseguirla y venderla. “Es un poco más difícil conseguirla porque, por lo mismo de que ya no la buscan, ya casi no hay”, comenta Daniela.
Sobre quiénes siguen comprándola, la respuesta es clara: “La gente que nos consume más es gente mayor, de 60 y más o de 40, 50 años”, explica. “Los jóvenes ya casi no, porque no la conocen. Dicen: ‘ay, no, no me gusta’, no se les antoja”.
Esa falta de interés ha cambiado incluso la lógica de los aguinaldos. “Antes las colaciones, el tejocote, el cacahuate, el chícharo o el frijolito era lo que más se vendía, porque no había tanto dulce”, recuerda Reyes. “Ahorita las meten en los aguinaldos y son las que dejan, ya no se las comen”.
Por eso, muchos compradores optan por dulces piñateros industriales. “La gente busca más el dulce piñatero ya surtido; ese lo tengo en 100 pesos el kilo, aunque el de marca puede llegar hasta 200”, detallan en otro puesto.
Así, la colación tradicional no desaparece por cara, sino por un desplazamiento cultural. “Son los mayores los que todavía la piden, pero cada vez son menos”, resumen los locatarios.
Entre envolturas brillantes y marcas reconocibles, la colación resiste en algunos puestos del Mercado de Jamaica y en fábricas como La Giralda, sostenida más por la nostalgia que por el gusto de las nuevas generaciones.

