Las adicciones no son exclusivas de un nivel socioeconómico o cultural; sin embargo, crecer en entornos vulnerables incrementa significativamente el riesgo de iniciar en el consumo de drogas, advirtió la psicóloga Iveth Maya.
La especialista explicó que niñas, niños y jóvenes entre los 10 y 24 años representan el grupo más expuesto, debido a que su cerebro se encuentra en una etapa crítica de desarrollo, lo que los hace más sensibles a los efectos de las sustancias.
Frente a este panorama, Maya subrayó que existen factores que pueden reducir la vulnerabilidad, como el apego seguro, la comunicación afectiva en la familia, normas claras de convivencia y el acceso a actividades recreativas saludables.
“El entorno no determina, pero sí influye profundamente en las decisiones y oportunidades de los jóvenes”, señaló.
El caso de Mariana ilustra cómo la ausencia de estos factores puede derivar en consumo temprano y conductas delictivas.
Mariana tuvo cuatro hijos, pero no todos crecieron bajo las mismas condiciones. El mayor, Irving, fue criado por sus abuelos maternos y logró convertirse en licenciado en Derecho. En cambio, sus hermanos —Mariano, Israel y Adriano— permanecieron con su madre en un entorno marcado por la falta de supervisión y ausencias constantes.
Durante largos periodos, Mariana dejaba a sus hijos al cuidado de una vecina mientras acompañaba a su pareja, un transportista. A su regreso, encontró que los menores habían abandonado la escuela y pasaban la mayor parte del tiempo en la calle.
En ese entorno, los hermanos comenzaron a consumir sustancias para integrarse a grupos callejeros. Primero inhalaron pegamento y solventes industriales; después, avanzaron hacia drogas más adictivas como el crack.
“Los tres nos volvimos adictos y mi mamá no sabía o se hacía. Como le dábamos dinero, dejó de decirnos algo”, relató Adriano.
La psicóloga explicó que factores como la presión social, la falta de integración y la ausencia de normas facilitan la normalización del consumo.
Con el tiempo, la necesidad de consumo derivó en conductas delictivas. Los hermanos comenzaron robando objetos en casa: electrodomésticos, ropa y cualquier artículo que pudiera intercambiarse por droga.
Posteriormente, enfrentaron acusaciones por robo siendo menores de edad, lo que derivó en su internamiento en el Centro de Internamiento Juvenil Quinta del Bosque, en Zinacantepec.
Lejos de revertir la situación, la reclusión no logró modificar su trayectoria. En la adultez, reincidieron en delitos como robo, secuestro y otros ilícitos, lo que los llevó en repetidas ocasiones al penal de Chiconautla, en Ecatepec.
Hoy, dos de ellos permanecen en prisión. La historia se replica en la siguiente generación: varios de sus hijos también desarrollaron adicciones a temprana edad y algunos enfrentan procesos por delitos graves.
Adriano, uno de los hermanos, intenta reconstruir su vida con una nueva familia, aunque su hijo permanece recluido en el mismo penal que él ocupó años atrás.

