viernes, julio 3, 2026
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México va por Inglaterra y por la historia…

Hay partidos que se juegan con los pies y otros que se juegan también con la historia. El México-Inglaterra del próximo domingo en el Estadio Azteca pertenece a esta segunda categoría: un duelo entre la cuna del futbol moderno y una selección mexicana que, quizá como nunca antes en una Copa del Mundo, llega convencida de que puede escribir su propia epopeya.

La clasificación inglesa a los octavos de final terminó por confirmar el escenario más atractivo para el futbol mundial. Los dirigidos por Thomas Tuchel derrotaron con dificultades 2-1 a República Democrática del Congo, en un encuentro donde volvieron a aparecer algunas de las dudas que han acompañado a los europeos durante el torneo: fragilidad defensiva, dependencia de sus figuras y problemas para administrar ventajas.

México, en cambio, llega a la cita en el mejor momento futbolístico de las últimas décadas mundialistas. El equipo dirigido por Javier Aguirre derrotó con autoridad a Ecuador, mantiene una de las mejores defensivas del campeonato y, quizá lo más importante, ha recuperado una virtud que parecía extraviada: la convicción de competir de igual a igual contra cualquier potencia.

La historia favorece ampliamente a Inglaterra. Los británicos conquistaron el Mundial de 1966, acumulan semifinales y finales en la era moderna y cuentan con una de las estructuras futbolísticas más poderosas del planeta. México, por su parte, jamás ha alcanzado una semifinal mundialista, aunque en casa ha construido algunos de los capítulos más memorables del futbol internacional.

Sin embargo, este no parece ser un México dispuesto a respetar jerarquías históricas. El Tricolor ha mostrado equilibrio, disciplina táctica y una personalidad competitiva poco habitual en anteriores generaciones. La defensa ha rozado la perfección; el mediocampo ha sabido controlar ritmos y espacios; y en ataque convergen la experiencia de Raúl Jiménez, el extraordinario momento de Julián Quiñones y la irrupción de Gilberto Mora, quien a sus 17 años se ha convertido en una de las grandes revelaciones del campeonato.

Inglaterra, por su parte, presenta quizá el plantel individual más poderoso que México haya enfrentado en una Copa del Mundo desde Alemania 2006. Harry Kane continúa siendo uno de los delanteros más letales del planeta; Jude Bellingham representa el presente y el futuro del futbol europeo; mientras que la profundidad de su banca convierte cualquier partido en un desafío de noventa minutos completos.

Pero los Mundiales tienen memoria. Y la memoria recuerda que las grandes gestas suelen ocurrir cuando una selección deja de sentirse invitada y comienza a asumirse protagonista.

México ya rompió una barrera psicológica al superar una fase de eliminación directa que durante décadas pareció una maldición. Ahora enfrenta un desafío todavía mayor: derrotar a una potencia histórica frente a más de 80 mil espectadores en el Estadio Azteca y ante millones de aficionados que, por primera vez en mucho tiempo, no sueñan únicamente con competir, sino con trascender.

Existe además un elemento que no aparece en las estadísticas, pero que puede resultar decisivo: el factor Azteca. La altura, la presión ambiental y el respaldo multitudinario podrían convertirse en un aliado estratégico para un equipo mexicano que ha hecho del orden y la resistencia emocional sus principales fortalezas.

Porque si algo ha demostrado este Mundial es que el viejo complejo mexicano comienza a quedarse sin argumentos. Y quizá, sólo quizá, el partido más importante del futbol mexicano en los últimos cuarenta años esté a punto de comenzar.

Esta vez, México no saldrá a defender la historia. Saldrá a intentar escribirla.

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