En el Estado de México, alrededor de un millón de hogares reportaron que al menos una persona de 18 años o más enfrentó alguna restricción en su alimentación por falta de dinero o recursos, mientras que en 528 mil 600 de esas viviendas también habitaban menores de edad, de acuerdo con datos de la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI.
La inseguridad alimentaria afecta con mayor frecuencia a grupos en situación de vulnerabilidad, como habitantes de zonas rurales, comunidades indígenas y hogares con jefatura femenina, refiere el Instituto Nacional de Salud Pública.
Ante la falta de ingresos, las personas adultas pueden reducir las porciones, saltarse comidas o limitar la variedad de los alimentos para priorizar la alimentación de niñas y niños, una situación que refleja las dificultades económicas que enfrentan algunas familias para cubrir sus necesidades básicas.
En 2025, el Estado de México registró alrededor de 5.2 millones de viviendas. De ellas, 16.9% reportó que sus integrantes tenían una alimentación basada en muy poca variedad de alimentos, lo que equivale a aproximadamente 879 mil hogares.
Además, en 7.4% de las viviendas las personas dejaron de desayunar, comer o cenar por falta de recursos, cifra equivalente a cerca de 385 mil hogares. En tanto, 12.3% reportó que alguno de sus integrantes comió menos de lo que consideraba necesario, lo que representa poco más de 639 mil viviendas.
Estas restricciones muestran que la falta de recursos no solo limita la cantidad de comida disponible, sino también la posibilidad de mantener una alimentación variada.
La situación también alcanza a los hogares donde viven menores de edad. De acuerdo con los datos citados de la Encuesta Intercensal, en 55.4% de las viviendas con población menor de 18 años se reportó una alimentación basada en muy poca variedad de alimentos.
Asimismo, en 37.6% de estos hogares sus integrantes comieron menos de lo que consideraban necesario, mientras que en 36.5% disminuyeron las porciones servidas durante las comidas.
Las restricciones también se reflejaron en episodios de hambre: en 19.3% de las viviendas, alguno de sus integrantes sintió hambre, pero no comió; en 18.6% se acostaron con hambre y en 17.7% comieron una sola vez al día o dejaron de comer durante una jornada completa.
Estos indicadores muestran distintas formas en que la falta de recursos puede afectar la alimentación de las familias, desde la reducción de las porciones hasta la imposibilidad de realizar comidas durante el día.
El ingreso disponible y el precio de los productos básicos son factores que inciden en la capacidad de las familias para cubrir sus necesidades alimentarias. Distintos análisis de universidades mexicanas han señalado que los ingresos laborales pueden resultar insuficientes para adquirir los productos necesarios para una alimentación adecuada.
En el Estado de México habitan, en promedio, 3.4 personas por vivienda, según la Encuesta Intercensal. Por otra parte, en el tercer trimestre de 2026, el ingreso real per cápita se ubicó en 3 mil 723 pesos mensuales, de acuerdo con la cifra referida en la información disponible.
En cuanto a los precios de los alimentos, la canasta básica de 24 productos tiene un costo aproximado de 910 pesos, monto que, según la referencia de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), corresponde a productos para una semana de consumo de una familia de cuatro integrantes.
Entre los artículos incluidos se encuentran azúcar, carne, cebolla, chiles, aceite, arroz, atún, frijol, plátano, sardina, sopa de pasta, leche, manzana, limón y huevo, además de productos de higiene personal y limpieza para el hogar, como papel higiénico.
Sin embargo, la lista de productos mencionada no contempla una amplia variedad de frutas y verduras ni otros alimentos que podrían diversificar la dieta, como café, chocolate, embutidos y otros derivados lácteos.
Ante las dificultades para acceder a una alimentación suficiente y variada, especialistas e instituciones plantean alternativas comunitarias que permitan aprovechar los recursos disponibles en cada localidad. Entre ellas se encuentran la creación de huertos comunitarios y sembradíos compartidos, con productos locales que contribuyan al consumo de alimentos frescos.
También se recomienda incorporar leguminosas como frijoles, lentejas y habas, que aportan proteínas, y combinarlas con cereales, como el maíz y sus derivados, para complementar la alimentación.
Otra alternativa es acudir a los centros de salud y consultar los programas de desarrollo social disponibles en cada localidad, donde las familias pueden solicitar orientación alimentaria e información sobre apoyos para atender sus necesidades.

