Los goles no son lo único que se cuenta cada domingo en las canchas de futbol amateur del Valle de México. Mientras los equipos disputan los tres puntos, alrededor del terreno de juego se desarrolla otra competencia: la de vendedores de tacos, refrescos, cervezas y botanas, además de familias que encuentran en el futbol llanero una oportunidad para generar ingresos.
Desde temprano, los campos comienzan a recibir a jugadores, árbitros y aficionados. Algunos equipos llegan en automóviles particulares; otros contratan transporte o se organizan para compartir los gastos. Antes de que ruede el balón ya hubo desembolsos para cubrir el arbitraje, la inscripción al torneo, el uso de la cancha, los uniformes y, en algunos casos, la hidratación.
A un costado del campo aparecen hieleras, mesas improvisadas y puestos de comida. Vendedores ambulantes o pequeños comerciantes se instalan durante varias horas para aprovechar la afluencia de jugadores y acompañantes.
La actividad aumenta cuando terminan los encuentros. Jugadores y familias suelen permanecer en la zona para comer, tomar alguna bebida o esperar el siguiente partido. Así, estos espacios deportivos se convierten también en puntos de convivencia que generan movimiento para los pequeños comerciantes.
“Nos gusta venir a ver a mi esposo. Nos paramos temprano, venimos a verlo jugar y después comemos aquí mismo algún antojito. Siempre venimos mis dos hijos pequeños y yo; algunas veces nos quedamos más tiempo para convivir con las demás familias de sus compañeros de futbol”, contó.
Ese tiempo adicional alrededor de la cancha sostiene una parte de la economía que se activa durante el fin de semana. Una familia puede consumir alimentos y bebidas durante varias horas, mientras los jugadores compran agua, bebidas energéticas o comida después del encuentro.
Jugar futbol amateur tampoco resulta gratuito. Dependiendo de la liga, los equipos deben cubrir cuotas de inscripción, arbitraje y uso de cancha, además de gastos periódicos como uniformes, balones y transporte.
A estos desembolsos se suma el consumo de quienes acompañan a los jugadores, especialmente durante las jornadas en las que se disputan varios partidos consecutivos.
El fenómeno se repite en canchas públicas y privadas, así como en campos acondicionados en colonias y comunidades de distintos municipios del Valle de México. Cada domingo, estos espacios concentran torneos en los que participan trabajadores, comerciantes, estudiantes y familias completas.
Para algunos vendedores, los partidos representan unas cuantas horas de trabajo; para otros, forman parte de sus principales fuentes de ingreso durante el fin de semana.
Y aunque el marcador termina cuando el árbitro da el silbatazo final, alrededor de la cancha la actividad continúa.
Entre tacos, refrescos, conversaciones y niños que corren detrás de otro balón, el futbol llanero muestra cada domingo que, además de ser un espacio deportivo y de convivencia, también puede convertirse en una pequeña economía de barrio que se activa mientras la pelota sigue rodando.

