Entre listones rosas, amarillos, azules y verdes, flores y pequeñas imágenes religiosas, las cruces de listón vuelven esta temporada a los panteones del norte del Estado de México.
Elaboradas a mano y con precios que van de los 70 a los 800 pesos, estas piezas representan una tradición que familias mazahuas y otomíes mantienen para recordar y honrar a sus difuntos durante el Día de Muertos.
En los días previos al 1 y 2 de noviembre, las familias buscan la cruz que colocarán sobre las tumbas de sus seres queridos. Algunas comparan colores, tamaños y adornos de acuerdo con el espacio disponible y su presupuesto; otras prefieren piezas de mayor dimensión y decoración.
Las piezas más pequeñas miden alrededor de 50 centímetros y las más grandes alcanzan hasta metro y medio de altura. El costo depende de las dimensiones y los materiales.
Detrás de cada cruz hay trabajo manual y una historia de aprendizaje familiar. En San Antonio Enchisi, René Solís creció entre flores y materiales de decoración, pues sus padres se dedicaban a esta actividad. Desde niño, junto con sus hermanos, aprendió en casa a elaborar las cruces, un conocimiento que cada uno desarrolló con características propias.
Cuenta que con el paso de los años sus padres dejaron el negocio de las flores por su edad y concentraron su trabajo en la fabricación de estas piezas. Él continuó con el oficio, al que se dedica particularmente durante la temporada de Día de Muertos.
“Aunque todas son para lo mismo, no todas son iguales. Cada quien le pone su forma, su adorno, su acabado”, explica mientras combina listones y cuida los detalles que distinguen a cada cruz.
La elaboración requiere combinar distintos materiales y trabajar los listones. Para las familias, colocarlas sobre las tumbas es una manera de acompañar el recuerdo de sus difuntos y mantener una expresión de fe que forma parte de las costumbres de la región.
Su comercialización representa una actividad económica de temporada para quienes han encontrado en este oficio una manera de obtener ingresos, al tiempo que mantienen una práctica vinculada con las costumbres de sus comunidades.
Los precios van de los 70 a los 800 pesos, dependiendo de su tamaño, los materiales utilizados y la cantidad de adornos. La variedad permite que los compradores elijan entre diseños sencillos y piezas de mayor formato.
Aunque estas piezas no cuentan con una clasificación formal como artesanías, su elaboración constituye una expresión de religiosidad popular significativa para las poblaciones mazahuas y otomíes del norte mexiquense.
Su presencia en los panteones permite observar cómo una tradición se mantiene a través de las familias, tanto de quienes las fabrican como de quienes cada año acuden a comprarlas para honrar a sus seres queridos.
Entre colores, listones y madera, las cruces vuelven a formar parte del paisaje de los panteones. Detrás de ellas coinciden dos historias: la de las familias que encuentran en estos objetos una manera de recordar a sus difuntos y la de quienes, como René Solís, continúan un oficio aprendido desde la infancia.

